Una diferencia entre los seres humanos y otros animales podría residir en nuestra capacidad de autoconocimiento. Sin embargo, el término ‘autoconocimiento’ puede referirse a muchas cosas. Me ocuparé de un solo tipo de autoconocimiento: el conocimiento que uno tiene de sus propios estados mentales, tales como las creencias, los deseos, los miedos, las esperanzas, las sensaciones de cosquilleo, el dolor, los deseos, los pensamientos pasajeros, las imaginaciones, entre otros.
En la actualidad, muchos filósofos se interesan de manera considerable por la cuestión de cómo es posible conocer los propios estados mentales. Esta cuestión resulta de interés porque dicho conocimiento parece ser cualitativamente distinto del conocimiento que tenemos de las mentes ajenas. En primer lugar, con frecuencia parecemos conocer nuestros propios estados mentales con mayor precisión que los estados mentales de otras personas. En segundo lugar, con frecuencia parecemos conocer nuestros propios estados mentales de un modo diferente al que empleamos para conocer los estados mentales de los demás.
Si quieres saber qué quiero cenar, puede que necesites observar mi comportamiento o recurrir a lo que yo mismo te diga. Pero si quieres saber qué quieres cenar tú, por lo general no necesitarás esforzarte tanto para encontrar una respuesta.
Esta aparente asimetría entre el modo en que uno conoce su propia mente y el modo en que conoce la mente de los demás ha suscitado una atención recurrente por parte de los filósofos académicos durante aproximadamente el último medio siglo, aunque existen antecedentes de discusiones afines en la obra de filósofos modernos tempranos como René Descartes o Immanuel Kant.
Aprovecharé esta ocasión en Memory Palace para examinar una sola teoría del autoconocimiento: la denominada teoría de la transparencia. Asimismo, centraré nuestra atención, en este punto, en el autoconocimiento de un único tipo de estado mental: la creencia. Y dado que usted está leyendo esto en Memory Palace, y no en un hipotético Self-Knowledge Palace, intentaré explicar de qué manera interviene la memoria en todo esto.
Comencemos con la teoría de la transparencia del autoconocimiento. Para introducir la teoría, permítaseme compartir una célebre cita extraída de la obra maestra del gran filósofo, ya fallecido, Gareth Evans:
Si alguien me pregunta “¿Crees que va a haber una tercera guerra mundial?”, debo atender, para responderle, exactamente a los mismos fenómenos externos a los que atendería si estuviera respondiendo a la pregunta “¿Habrá una tercera guerra mundial?”.
Evans describe un procedimiento para conocer lo que uno cree. Considera que dicho procedimiento resulta de interés porque no consiste en una introspección dirigida hacia la propia mente. Todo lo contrario: seguir este procedimiento implica que “la mirada se dirige hacia afuera, hacia el mundo”.
Puede resultar contraintuitivo que el conocimiento de lo que uno cree se alcance desviando la atención de uno mismo. Cabría preferir sostener que dicho autoconocimiento se adquiere mediante un acto “introspectivo” orientado hacia el interior, sea cual sea el contenido exacto de tal noción. Sin embargo, si Evans tiene razón, estaríamos equivocados al privilegiar la introspección.
La decisión de denominar «teoría de la transparencia» a la teoría del autoconocimiento de Evans tiene su raíz en una metáfora. Uno quiere saber qué cree acerca de algo, por ejemplo, si habrá una tercera guerra mundial. Para saberlo, Evans afirma que uno dirige la mirada hacia el mundo más allá de su propia mente.
La pregunta “¿qué creo acerca del mundo?” es transparente a la pregunta “¿cómo es el mundo?”. Para responder a la primera, se responde a la segunda. Se mira, por así decirlo, a través de la propia creencia, con el fin de centrar la atención en aquello sobre lo que versa dicha creencia.
Hasta aquí, todo parece convincente... ¿O no? Toda teoría filosófica se enfrenta a objeciones, y la teoría de la transparencia no es una excepción. Una de ellas es lo que podríamos denominar “el desafío de la corrupción”.
Para comprender el desafío, considérese una vez más el funcionamiento de la teoría de la transparencia. En primer lugar, uno se pregunta: “¿creo X?”. En segundo lugar, la atención se desplaza hacia X en sí mismo, donde X representa alguna forma en que el mundo puede o no ser. En tercer lugar, se juzga que X es verdadero o falso. En cuarto y último lugar, uno concluye: “creo X” o “no creo X”.
El desafío de la corrupción concierne a lo que ocurre en el segundo paso de este procedimiento. Si dirigir la atención hacia X lleva a emitir un juicio nuevo sobre su verdad o falsedad, entonces dicho desplazamiento de la atención puede provocar un cambio en la propia mente. Esto imposibilitaría dar cuenta de la creencia que uno sostenía antes de que se produjera ese cambio. Y sin embargo, con frecuencia queremos conocer nuestras creencias sin modificarlas en el proceso.
Aquí es donde la memoria podría desempeñar un papel en la resolución del desafío de la corrupción. La idea central es que dirigir la atención hacia X no siempre exige emitir un juicio nuevo acerca de X, sino que, en ocasiones, simplemente implica recordar X. Cuando uno recuerda X, puede entonces afirmar: “sí, eso es lo que creo”.
¿De qué tipo de recuerdo se habla aquí? Siguiendo a Ben Sorgiovanni, quien se apoya en la obra seminal de Endel Tulving en psicología, sugiero que la respuesta es la memoria semántica.
La memoria semántica nos permite recordar información acerca del mundo sin que ello implique ninguna experiencia referida a uno mismo. Cuando uno recuerda el cumpleaños de un amigo o un dato histórico, no está necesariamente recordando dónde estaba ni qué hacía en el momento en que adquirió esa información. Simplemente está recordando la información en sí. Tulving contrapone la memoria semántica a la memoria episódica señalando que esta última sí implica recordar aspectos relativos a uno mismo, concretamente las propias experiencias pasadas.
Pongamos ahora en relación el concepto de memoria semántica con la teoría de la transparencia del autoconocimiento.
En primer lugar, la memoria semántica permite que nuestras creencias acerca de todo tipo de cosas queden almacenadas en la mente a lo largo del tiempo. En efecto, sostengo que los recuerdos semánticos son nuestras creencias almacenadas. Supóngase ahora que uno se pregunta: “¿creo X?”. El teórico de la transparencia afirma que uno responde a esta pregunta prestando atención a X en sí mismo. La nueva propuesta es que recordar X semánticamente constituye una forma de prestar atención a X.
Volvamos ahora al desafío de la corrupción. El desafío consiste en explicar cómo es posible evitar la formación de una creencia nueva sobre X cuando se presta atención a X antes de responder a la pregunta “¿creo X?”. Esto es así porque, con frecuencia, queremos conocer nuestras creencias sin modificarlas en el proceso. La solución consiste en recurrir a la memoria semántica.
Al recordar X, no es necesario emitir un juicio nuevo sobre X. Simplemente se trae a la mente la creencia preexistente sobre X mediante el acto de recordarla. Una dificultad con este nuevo argumento es que, cuando “X” aflora en la mente tras preguntarse “¿creo X?”, puede resultar difícil determinar si uno está recordando X o simplemente imaginándolo, o pensando en X de cualquier otro modo que no implique una creencia.
No resulta sencillo resolver este nuevo problema desde la perspectiva de la teoría de la transparencia. Ello se debe a que distinguir los recuerdos semánticos —y, por tanto, las creencias almacenadas— sobre X de otras formas de pensar en X parece exigir prestar atención a las distintas características de los diferentes estados mentales, lo cual suena a una tarea orientada hacia el interior de la mente.
¿Qué debería hacer el teórico de la transparencia ante esto? He concebido una posible solución, aunque reconozco que presenta limitaciones considerables.
Mi solución consiste en sostener que, cuando el pensamiento “X” aflora en la mente tras preguntarse “¿creo X?”, uno está legitimado para tratar “X” como una manifestación de su creencia —una creencia semánticamente recordada— de que X es verdadero.
Así, cuando uno se pregunta “¿creo X?” y el pensamiento “X” surge en la mente, sugiero que uno está legitimado para tratarlo como una expresión de su creencia porque es el tipo de ser —un ser humano— que depende de manera especialmente marcada de la memoria semántica para mantener sus creencias a lo largo del tiempo. Uno no recurre a meros pensamientos pasajeros sobre X, ni a imaginaciones sobre X, para ningún propósito cognitivo igualmente relevante. Por lo tanto, puede descartarse la posibilidad de que “X” sea simplemente la manifestación de una forma de pensar en X que no implica una creencia.
Quizás este planteamiento resulte atractivo. En cierta medida, también lo es para mí. El problema es que únicamente explica por qué uno está legitimado para tratar X como aquello que cree. Dicho de otro modo, no explica cómo es posible saber que uno está en lo correcto. ¿Y si uno está legitimado para tratar X como aquello que cree y, sin embargo, está equivocado? En tal caso, uno carece de autoconocimiento, aun cuando esté también legitimado en dicho desconocimiento de sí mismo.
Por el momento, no he encontrado una manera más satisfactoria de explicar la relación entre memoria y autoconocimiento. Puede que exista o puede que no. En cualquier caso, se trata de una cuestión bastante poco explorada, aunque quizás eso cambie pronto.

Traducido por: Lucienne Huby es estudiante de doctorado en la Universidad de Cagliari (Italia), donde trabaja sobre la relación entre memoria, producción de metáforas y psicopatología, con especial atención a la esquizofrenia. Su trabajo combina filosofía de la mente, ciencia cognitiva y lingüística para explorar cómo la memoria configura la identidad narrativa y el pensamiento conceptual.

